Meditación

La Meditación es una sabiduría espiritual universal y una práctica que encontramos en las raíces de todas las grandes tradiciones espirituales. Es la oración que nos conduce de la mente al corazón. Es un camino de simplicidad, silencio y quietud. Puede ser practicado por cualquier persona, en cualquier momento en el que se encuentre en  su viaje vital. Sólo es necesario que conozca bien la práctica y que comience a meditar.

En la Cristiandad, esta tradición de contemplación, la oración del corazón o la “oración apofática”, llegó a ser marginada y, a menudo, incluso fue puesta bajo sospecha. Sin embargo, en los últimos tiempos se está produciendo un fuerte resurgimiento de la dimensión contemplativa de la fe cristiana y de la oración. Esto está transformando las diferentes caras de la Iglesia y está revelando el modo en que el Evangelio integra lo místico y lo social. Como eje central de este proceso de transformación se halla el redescubrimiento de cómo orar en esta dimensión y en este nivel de profundidad: encontrando la práctica de la meditación dentro de la tradición cristiana.

La Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana enseña una práctica presente en las Enseñanzas del Evangelio que predicaba Jesús y que nos transmitieron los primeros monjes cristianos. Los Padres y Madres del Desierto nos muestran una espiritualidad Cristiana de poderosa relevancia para todo aquél que quiera seguir a Jesús de una forma plena y simple.

John Main, y la comunidad que él inspiró, ha tenido un importante papel en la renovación contemporánea de la tradición contemplativa. Su introducción a la meditación procedía de la sabiduría universal y esta le llevó a descubrirla y después a enseñarla como una forma de oración que se encuentra arraigada en el Evangelio y en la tradición mística cristiana.

Para los cristianos el foco de la meditación es Cristo. Esto significa que la meditación se centra en la oración de Cristo, invocada de forma continua en el Espíritu Santo, en la profundidad de cada ser humano. Más profundo que todas las ideas sobre Dios es Dios mismo y más profundo que la imaginación es la realidad de Dios.

Cuando meditamos apartamos el foco de la consciencia de nosotros mismos. No estamos pensando ni hablando a Dios. Buscamos hacer algo inconmensurablemente más grande: buscamos estar con Dios, estar en la mente de Cristo. Vamos más allá de las reflexiones, incluso de la reflexiones piadosas. La meditación no se ocupa de pensar sino de ser. El objetivo de nuestra oración cristiana es permitir que aquella presencia misteriosa y silenciosa de Dios que ya está en nuestro interior se convierta en la realidad que da significado, forma, y sentido a todo lo que somos y hacemos. La tarea primordial de la meditación, por tanto, es llevar nuestra mente distraída hacia la atención en quietud, silencio y simplicidad.

Meditar es un peregrinaje directo a nuestro centro, a nuestro corazón. Adentrarnos en la simplicidad de la meditación significa aprender una disciplina. Con fe y paciencia, la meditación nos conduce a reinos del silencio cada vez más profundos. Es estando en este silencio que nos adentramos en el misterio de Dios. La invitación de la oración cristiana es la de perdernos a nosotros mismos y unirnos con Dios. De esta manera dejamos atrás nuestro yo egoísta, para morir y resucitar a nuestro yo verdadero en Cristo. Cada uno de nosotros es llamado hacia este objetivo ya que es la plenitud de la vida humana. Lo que necesitamos es la humildad para practicar el silencio con fidelidad para que la mente de Cristo se convierta en la experiencia fundamental de toda nuestra vida.